Guns N’ Roses en Bogotá: maratón de clásicos, tributo a Ozzy y un clímax a piano bajo la lluvia de “November Rain”

Guns N’ Roses en Bogotá: maratón de clásicos, tributo a Ozzy y un clímax a piano bajo la lluvia de “November Rain”

En una noche extensa y emotiva, Guns N’ Roses ofreció en el Vive Claro un concierto de 26 canciones que recorrió todas sus etapas: desde la furia inicial de Appetite for Destruction hasta el capítulo polémico y fascinante de Chinese Democracy, pasando por proyectos paralelos y una cadena de covers que terminó convertida en homenaje. Fue una velada de músculo, memoria y oficio, con una banda que aún disfruta el escenario y un público que salió con la lágrima a flor de piel. La apertura y la forma de la banda “Welcome to the Jungle” encendió motores con Axl Rose ganándole, nota a nota, a los 2.600 metros de altura de Bogotá: primera estrofa exigida, segunda con la casa en orden y ese “sha-na-na-na-knees” que despeja cualquier duda.


El grupo sonó compacto y contundente —verdadera aplanadora de rock— y dejó claro que el disfrute sobre las tablas sigue intacto. Sorpresas, proyectos y Chinese Democracy El set avanzó con apariciones que entusiasman a los atentos: “Mr. Brownstone”, “Chinese Democracy”, “It’s So Easy” y el guiño a Velvet Revolver con “Slither”, donde Slash combinó precisión y carácter. Hubo espacio para la faceta más discutida de Rose con varias piezas de Chinese Democracy y, en la línea de su etapa reciente, los cortes “Absurd” y “Hard Skool” aportaron vigor y actualidad sin traicionar el ADN de la banda. Los covers y el adiós a Ozzy La seguidilla de versiones arrancó con “Live and Let Die” (Wings) y derivó en un tributo sentido a Ozzy Osbourne con “Never Say Die” y “Sabbath Bloody Sabbath”.


En la primera, Axl acusó cansancio; en la segunda, recuperó filo y dramatismo, rematando versos que retumbaron con nueva urgencia. Fue un gesto de gratitud a la historia del metal y un puente emocional con la audiencia. Bloque emotivo: Dylan, declaración antiguerra y bises Otro punto alto llegó cuando atacaron “Knockin’ On Heaven’s Door”, clásico de Bob Dylan que la banda hace años convirtió en propio, para empalmarlo de inmediato con “Civil War”. La dedicatoria y la postura antiguerra enmarcaron un tramo de alto voltaje simbólico, con Rose ondeando la bandera palestina antes de presentar a la banda: además de los fundadores Slash (guitarra) y Duff McKagan (bajo y coros), destacó la virtuosa Melissa Reese en teclados, parte esencial del sonido del grupo en el último decenio.


Desde allí, sin retirarse formalmente, comenzó el tramo que operó como bises. El clímax de los himnos Slash se reafirmó como uno de los guitarristas más influyentes del rock: la emotividad innata de “Sweet Child O’ Mine” le pavimentó el camino para solos de estatura mayor. Y cuando Axl se sentó al piano, llegó el momento de la noche: “November Rain” —tema que alcanzó el No. 3 del Hot 100 de Billboard— desplegó su arquitectura monumental. No es una pieza sencilla: diez, once minutos de exigencia y dinámica orquestal que la banda resolvió con pulso, tensión y sentido de grandeza.


Fue la postal definitiva del concierto. “Don’t Cry” y la voz de Axl hoy “Don’t Cry” tuvo la carga nostálgica que todos esperaban: una locomotora nocturna y encarrilada, sostenida por una interpretación de Axl Rose honesta y trabajada. Sí, su voz ha sido cuestionada en redes durante el último año; sí, se notan las batallas del tiempo. Pero también se percibe el esfuerzo y la voluntad por honrar cada canción, algo que Bogotá celebró con una ovación sostenida.

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